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Atracar a motor
Casi todo golpe de puerto ocurre en los últimos veinte metros. Y casi siempre porque la maniobra empezó antes de saber qué pensaban hacer el viento y la corriente con el barco.

Primero mirar, luego entrar
Una vuelta por la dársena cuesta dos minutos. De dónde entra el viento, cómo tira la corriente, cómo están los vecinos, dónde hay cabos y muertos. Saberlo antes significa menos gas después.
El efecto de hélice
Marcha atrás, la popa de casi todos los barcos cae hacia un lado, a babor con hélice dextrógira. No es una molestia sino una herramienta: atraque de modo que el efecto lleve la popa hacia el pantalán, no al revés.
Atracar con esprín
Con viento que aparta del pantalán ayuda un esprín de popa: primero a tierra, luego un poco de avante contra el cabo. El barco se arrima solo y se queda ahí sin que nadie tenga que tirar.
La retirada
Decida antes qué le dirá que la cosa no sale y adónde irá entonces. Una maniobra abortada no cuesta nada. Una forzada que sale mal cuesta gelcoat, candeleros o el vecino.
Qué tiene esto que ver con el seguro
Al atracar se juntan dos siniestros: el del propio barco, que asume el casco, y el del ajeno, que asume la responsabilidad civil. Por eso tras un roce conviene mirar más allá del propio barco y documentar el asunto en el acto: fotos, testigos, nombre y amarre del otro barco.